jueves, 10 de febrero de 2011

La esquiva felicidad

Fotografía © armitiere/ www.flickr.com

Es preciso contribuir a través de la educación a que los discípulos encuentren placer en aquello que tienen que aprender. Esto dijo Platón 300 años antes de Cristo, convencido de algo elemental pero que, 23 siglos después, ya se nos perdió en el camino: si la experiencia de conocer está asociada a la felicidad, saber más se volverá una necesidad y aprender, una pasión. Pero ¿Qué pasa cuando una mayoría de niños o adolescentes, a requerimiento del investigador, califican como bueno a su maestro y, al mismo tiempo, expresan su deseo de que los trate con más respeto y que responda sus preguntas en clase? Si el maltrato, el desdén o el menosprecio como experiencia interpersonal recurrente no impide a un muchacho otorgarle al hecho una valoración positiva, es por una de dos razones: está mintiendo para protegerse, o aprender con desagrado en un contexto insípido y hostil ya le resulta normal. Podría haber un tercer motivo: tiene la experiencia de algo peor. 

Tres investigadoras colombianas, María Teresa Matijasevic, Mónica Ramírez y Carolina Villada, publicaron a fines del año pasado un artículo muy iluminador sobre el concepto de «bienestar subjetivo» (1), etiqueta con la que se denomina comúnmente, en el mundo de la economía, al grado de satisfacción de las personas con su propia vida y a sus estados de ánimo más constantes. El interés por relacionar los progresos en los indicadores económicos de un país no sólo con el acceso a servicios o con los niveles de ingreso de la gente, sino con la valoración subjetiva de su situación, tiene por lo menos 40 años. Esta preocupación es la que dio origen en su momento al concepto «calidad de vida», con el que se buscaba integrar ambas dimensiones, asumiéndose que mejorar la calidad de vida de las personas debía ser el objetivo principal de la acción del Estado en todos los ámbitos de la experiencia social. 

Matijasevic, Ramírez y Villada afirman que la noción de «bienestar subjetivo», que los propios economistas asocian a la noción de «felicidad», puede tener otras interpretaciones, como la gratificación por la realización de metas personales, por la coronación de los propios esfuerzos o por conductas orientadas al bien. Lo que es indiscutible es la importancia concedida no por filósofos sino por economistas interesados en el crecimiento del Producto Bruto Interno y la renta per cápita de las naciones, a llevar el apunte del nivel de satisfacción de las personas con su experiencia de vida. Una experiencia que, se supone, debiera ser tanto más feliz cuanto mejor luzca el estado de la economía de su país y de su propia familia.

Me encontré con este tema hace varios años, justamente en la ciudad de Bogotá, y desde entonces me he preguntado cómo es que se ha instalado en las políticas públicas el hábito de hacer mediciones nacionales del rendimiento de los estudiantes, pero no se nos ha ocurrido efectuar también mediciones del grado de bienestar que experimentan en la relación con su profesor, con su escuela y con las decisiones de política educativa que logran llegar al aula. Y no es que nos falten indicios de lo que ocurre allí adentro, ni evidencia científica a favor del agrado como un factor clave para provocar la fluidez del pensamiento y la intensidad de la concentración en una situación de aprendizaje. 

Ocurre que para algunos, hacer de la vida escolar una experiencia feliz es un tema esotérico o de segundo orden y creen que lo importante es enfocarse en los rendimientos. No asocian el agrado y la satisfacción con la experiencia misma de investigar, descubrir y conocer, ni con la posibilidad de aprender a aprender de manera autónoma, sino apenas con la gentileza del portero o la amabilidad ritual de la maestra. Para los responsables de la política educativa, en cambio, que pueden entender mejor el valor de este asunto, mantener esa puerta cerrada les ahorra preocupaciones y responsabilidades, por lo que prefieren suscribir los argumentos de los primeros. 

«Felicidad, estás allí, en los latidos del vivir, cuánto daría por encontrarte», canta Laura Pausini. Y aunque los alumnos cantan lo mismo ¿Qué hacer para impedir que pierdan la ilusión de hallarla donde quieran, pero también en los aprendizajes? 


Luis Guerrero Ortiz
Publicado en el Blog El río de Parménides
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Lima, viernes 11 de febrero 2011


(1) María Teresa Matijasevic, Carolina Villada y Mónica Ramírez (2010). «Bienestar subjetivo: Una revisión crítica de sus resultados, alcances y limitaciones». En: Revista RegionEs. Volumen 5 Nº 1 Agosto 2010. Número temático: Bienestar subjetivo y calidad de vida. CRECE-INER, Universidad de Antioquia. Observatorio del Caribe Colombiano.

3 comentarios:

Javier Bellina de los Heros dijo...

Magnífico artículo. Deja varias interrogantes. En especial aterriza la relación entre "sensación de felicidad" y la felicidad misma, lo que nos lleva a los fundamentos mismos de la Educación, el para qué educamos, ya no como elaboración intelectual, sino como objeto de medición para tomar decisiones de política educativa. El concepto de que el trabajo - y por ende, el estudio - es "penoso" constitucionalmente está largamente instalado en la cultura occidental.

Luis Guerrero Ortiz dijo...

Gracias Javier. La creencia de que todo lo valioso en la vida se gana a costa de mucho dolor, renuncia y sacrificio es, en verdad, tan antigua como errónea. Es cierto que cuando uno se propone alcanzar algo se impone la disciplina necesaria para poder lograrlo, pero eso no significa que la construcción del camino a tus metas y su recorrido mismo no pueda ser una experiencia profundamente gratificante. Es la lección de Ítaca. El camino y el caminar, no sólo el llegar al puerto, necesita ser tu recompensa, tu riqueza, tu realización. En la escuela, en cambio, el placer está diferido, se supone que lo alcanzarás muy al final, más allá de tu niñez y tu adolescencia. Que los propios economistas consideren fundamental averiguar si el progreso material aporta o no mayor felicidad a las personas, debería hacernos reaccionar a los educadores, pues -como bien dices- si el acto de enseñar no produce la felicidad de aprender, es que hemos equivocado el camino!

Gracias por tu comentario.

Carlos A. Páez dijo...

Bacano se diria aqui en Bogotá Colombia. Estudiar algo que a uno le guste lo motiva, es como estar enamorado, queremos saber comprender analizar todo con respecto a ello. Pero al igual que estar enamorado no pasa continuamente, debemos estar dispuestos, y enamorarnos del saber.