domingo, 6 de mayo de 2012

La lectura en su laberinto I

Fotografía (c) Jorge Lizana/ www.flickr.com

Cuenta Borges en uno de sus cuentos que un rey de Babilonia mandó a construir alguna vez un laberinto «tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían». Con la intención de burlarse, invitó un día a un rey de Arabia, de visita por su corte, a entrar en el laberinto, del cual logró salir luego de muchas horas de angustia, vergüenza y confusión invocando a Alá. De regreso a su reino, el burlado monarca organizó una invasión a Babilonia, capturó a su soberbio rey y lo llevó hasta Arabia, dejándolo en medio del desierto, no sin antes advertirle: «en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso». El derrotado rey murió de hambre y de sed luego de vagar durante días sin hallar la salida. 

A veces me pregunto en cuál de los dos laberintos nos hallamos cuando buscamos la respuesta a la pregunta por qué fracasamos en lograr que los niños y niñas de segundo grado de primaria aprendan a leer y a entender lo que leen. El primero está plagado de respuestas confusas, simplistas, parciales, sesgadas o falaces, expresadas a veces con tanta convicción y coherencia o de un modo tan categórico que nos hacen entrar por la puerta equivocada. El segundo está limpio de obstáculos que nos impidan avanzar, pero no nos alcanza la visión para distinguir el punto del horizonte hacia dónde dirigir los pasos, ni la paciencia para emprender la larga marcha bajo un clima agobiante. 

A riesgo de perderme o de levantar pasadizos y complicaciones adicionales a los que ya existen, siento la irresistible necesidad de ensayar mis propias explicaciones. 

Comprensión lectora ¿Un fenómeno de masas?

En primer lugar, hay que admitir una dificultad de entrada. Se supone que los niños que terminan segundo grado de primaria deberían estar en condiciones de leer y entender toda clase de escritos. Esto significa poder encontrar información al inicio, al medio o al final del texto que están leyendo, aún si estuviera escrita de manera diferente a la pregunta que se le hace, reconociendo a la vez el orden de los hechos que se describen. Significa también distinguir de qué clase de texto se trata y el objetivo de su autor con sólo leer el título, sus imágenes o su forma; así como anticipar el contenido de una imagen o texto a partir de algunas pistas, sabiendo comprobarlo durante o después de la lectura. Significa asimismo poder deducir el tema central de un texto y su propósito, cuál es la causa de los sucesos que allí se mencionan, el significado de las palabras o las cualidades de los personajes, partiendo de la información que el texto le ofrece. Finalmente, significa poder formular una opinión sobre el texto y explicar por qué está o no presente un determinado elemento. 

La última evaluación censal efectuada el 2011 indica que sólo un 28% de niños de esa edad en todo el país puede hacer eso y que la cifra ya tocó el techo. Lo que me intriga es saber cuántos adultos podrían hacerlo también. Una amiga, docente universitaria en la cátedra de literatura, me decía hace poco al tomar nota de las competencias lectoras demandadas para el segundo grado: «mis alumnos tienen 20 años y la mayoría no sabe leer así». Luego de casi dos décadas de docencia en educación superior, en el nivel de posgrado, yo podría afirmar lo mismo. 

En todos los casos, estamos tropezando con un producto de la educación escolar, que se ha esmerado en cultivar en numerosas generaciones la capacidad de recordar y repetir textos escritos, no de analizarlos ni de entenderlos. Peor aún, que ha elevado la escritura a la categoría de un saber sagrado, que sólo en la perfección de su forma lingüística y caligráfica puede salvarse de la abominación de los dioses y la expulsión del paraíso. Como alcanzar la perfección es complicado, la mayoría de nosotros terminados arrojados al mundo de los mortales, convencidos de que todo lo que tenga que ver con la lengua escrita nos está vedado o, en el mejor de los casos, restringido al nivel más simple, básico y elemental de la escala sacra. 

Naturalmente, los maestros que deben enseñarle a leer a los niños en el nivel de habilidad que demanda el currículo, son producto de esa misma educación. Ese solo dato nos plantea una paradoja, que no es novedad, pero a la que no hemos prestado me parece la suficiente atención: los docentes de hoy tienen el encargo de promover en sus estudiantes las competencias lectoras que el sistema escolar ni la formación profesional cultivó en ellos. ¿Tendríamos que hacer algo al respecto? 

Lo que la política educativa ha hecho durante todos estos años es ofrecerles capacitación didáctica, es decir, los ha informado sobre las secuencias de pasos que deben aplicar en sus aulas para que sus niños aprendan a leer comprensivamente a consecuencia de ellos. También les ha dado capacitación teórica, es decir, les ha dado información lingüística sobre la escritura y el idioma. ¿Y las competencias lectoras? En sentido estricto, los maestros por razones obvias deberían estar en el nivel 5 de la escala de PISA, es decir, en el estándar más alto de habilidad lectora. ¿Entregarles información didáctica y gramatical era el camino para que puedan desarrollarlas? ¿Nos hemos detenido a pensar en esto?

Ahora bien, los reflectores apuntan a los maestros no sin motivo, pero ¿No somos hijos también de la misma educación los directores de escuela, los padres de familia, los funcionarios de educación y hasta los formadores de maestros? ¿Significa algo el hecho de que la sociedad adulta que vive y se mueve alrededor de las escuelas donde los niños aprenden a leer, no lea, lea banalidades, lea poco o lea mal? 

Emilia Ferreiro dice que la escuela no alfabetiza para la vida sino para la escuela, es decir, para que los niños puedan apenas escribir la tarea o leer los textos escolares. No se les hace ingresar al mundo escrito para que puedan comunicarse mejor con sus semejantes sino para que memoricen y apliquen las normas lingüísticas. Luego, leer y escribir son cualidades que se abandonan o subordinan cuando estamos fuera de la escuela, no tienen uso social. Me pregunto entonces, cuando hablamos de las cinco capacidades lectoras que los niños deben lograr en segundo grado ¿Cuántos adultos fuera de la escuela entenderán lo que estamos queriendo decir y su trascendencia? ¿Tendremos a las familias como aliadas? ¿O seguirán asociando saber leer con la entonación fluida y melodiosa de un texto en voz alta? ¿Y confundiendo saber escribir con copiar con buena letra y sin errores textos producidos por otros? ¿Este otro dato será importante? ¿Tendríamos que hacer algo al respecto? 

Lectura y escritura: un divorcio forzado

En segundo lugar, a alguien se le ocurrió alguna vez con criterio pragmático que el aprendizaje de la lectura podía separarse del aprendizaje de la escritura, como se acostumbraba hacer hace miles de años en la antigua China, Sumeria, Egipto o América Central, donde se inventaron los primeros sistemas de escritura, quizás porque era más sencillo de medir a través de pruebas estandarizadas que la producción escrita. Luego, todos hemos asumido sin mayor discusión que esta separación es válida y nos hemos concentrado en enseñar a leer, perdiendo de vista cuestiones fundamentales. 

La primera es que el sistema escolar no introduce a los niños a la lengua escrita a través de la lectura sino de la escritura y lo hace a través de procedimientos arcaicos, pedagógicamente opuestos a los que sustentan el aprendizaje de una lectura comprensiva. No es ningún secreto a estas alturas que la gran mayoría de estudiantes sigue siendo iniciado mediante la transcripción continua de letras, sílabas, palabras y oraciones, así como de técnicas repetitivas y monótonas, que ponen más cuidado en la forma que en el contenido, donde la gramática o la caligrafía y no la creatividad ni la eficacia comunicativa son la medida del logro. Este tipo de iniciación, tampoco es un secreto, está asociada a censuras constantes y vergüenzas públicas, con su secuela de inhibiciones y fobias que convierten la escritura en un objeto indeseable, además de mecanizaciones irreflexivas en la técnica de escribir para copiar dictados o transcribir pizarras sin pensar ni entender nada. En ese contexto, a los niños se les enseña a leer. ¿Este dato será importante? ¿Tendríamos que hacer algo al respecto?